♦Oraciones

♦Meditaciones y Reflexiones:

La Virgen y el Santo Rosario

♦La historia de cómo Santo Domingo recibió el Rosario de manos de Nuestra Señora

Santo Domingo

Santo Domingo, viendo que la gravedad de los pecados de la gente obstaculizaba la conversión de los Albigenses, se retiró a un bosque cerca de Toulouse, en donde rezó sin descanso durante tres días y tres noches. Durante este tiempo no hizo más que llorar y hacer penitencia para apaciguar la cólera de Dios. El Santo empleó de tal manera su disciplina que su cuerpo fue lacerado, y finalmente cayó en coma. En ese momento Nuestra Señora se le apareció, acompañada por tres ángeles, y le dijo, "Querido Domingo, ¿sabes qué arma quiere la Santísima Trinidad que utilices para reformar el mundo?" “Oh, mi Señora,” respondió Santo Domingo, "usted lo sabe mucho mejor que yo, porque al lado de su Hijo Jesucristo usted ha sido siempre el instrumento principal de nuestra salvación." Entonces Nuestra Señora contestó, "Quiero que sepas que, en esta clase de guerras, la principal arma ha sido siempre el Salterio Angelical, que es la piedra sobre la que está fundada el Nuevo Testamento. Por lo tanto, si deseas llegar a estas almas frías y ganarlas para Dios, predica mi Salterio." Entonces, el Santo levantándose, reconfortado y ardiendo en deseos de convertir a la gente de esa zona, se fue directamente a la catedral. En ese instante, los ángeles invisibles, hicieron sonar las campanas para congregar a la gente, y santo Domingo comenzó a predicar.

 

Nada más comenzar su sermón, una espantosa tormenta estalló, la tierra tembló, el sol se obscureció, y hubo tantos truenos y relámpagos que todos estaban muy asustados. Aún mayor fue su miedo cuando, mirando un cuadro de Nuestra Señora expuesto en un lugar destacado, la vieron alzar sus brazos al cielo y pedir por tres veces la venganza de Dios sobre ellos si no se convertían, enmendaban sus vidas y buscaban la protección de la Santa Madre de Dios.

 

Dios deseaba, por medio de estos fenómenos sobrenaturales, difundir la nueva devoción al Santo Rosario y darla a conocer más extensamente. Al finalizar Santo Domingo su oración, la tormenta cesó, y él continuó predicando. Tan fervientemente y convincentemente explicó la importancia y el valor del Rosario que casi toda la población de Toulouse le abrazó y renunció a sus falsas creencias. En un breve periodo de tiempo se sintió una gran mejoría en la ciudad; la gente comenzó a llevar una vida cristiana y abandonó sus malos hábitos anteriores.

Inspirado por el Espíritu Santo, instruido por la Bendita Virgen María así como por su propia experiencia, Santo Domingo predicó el Rosario durante el resto de su vida. Lo predicó con su ejemplo así como con sus sermones, en el campo y en las ciudades, a la gente de la alta sociedad y a la de un nivel social inferior, ante eruditos y delante de incultos, a los católicos y a los herejes.

 

El rezo del Rosario diario, era su preparación para cada sermón y su pequeña cita con Nuestra Señora inmediatamente después de la predicación.

 

Un día Santo Domingo tuvo que predicar en Nôtre Dame de París, y coincidió que era la fiesta de San Juan Evangelista. Estaba en una pequeña capilla detrás del altar mayor preparando piadosamente su sermón rezando el Rosario, como hacía siempre, cuando Nuestra Señora se le apareció y le dijo:

" Domingo, aunque lo que hayas planeado decir hoy seguro que está muy bien, te traigo un sermón mucho mejor." Santo Domingo tomó en sus manos el libro que Nuestra Señora le ofrecía, leyó el sermón cuidadosamente y, cuando lo había entendido y meditado sobre él, le dio las gracias a la Virgen.

 

Cuando llegó el momento, subió al púlpito y, en lugar de hablar del día festivo, no hizo mención alguna sobre San Juan tan sólo para decir que había sido llamado a ser el guardián de la Reina del Cielo. La congregación estaba formada por teólogos y personas eminentes, que estaban acostumbrados a escuchar pláticas brillantes y poco comunes; pero Santo Domingo les dijo que no era su deseo el darles un discurso aprendido, sabio para los ojos del mundo, pero que les hablaría bajo la simplicidad del Espíritu Santo y con su fortaleza. Así que empezó rezando el Rosario y explicándoles el Ave María palabra por palabra como lo haría a un grupo de niños, utilizando unas sencillas imágenes que estaban en el libro que le dio Nuestra Señora.

 

El beato Alan, de acuerdo con Cartagena, mencionó otras muchas ocasiones en las que nuestro Señor y la Virgen María se le aparecieron a Santo Domingo para animarle a predicar el Rosario más y más con el fin de limpiar los pecados y convertir a los pecadores y herejes. En otro pasaje Cartagena dice: “El beato Alan dijo que la Virgen le había revelado que tras haberse aparecido a Santo Domingo, su Santísimo Hijo se le apareció y le dijo: “Domingo, me alegra ver que no confías en tu propia sabiduría y que, mejor que buscar los elogios vacíos de los hombres, estás trabajando con gran humildad para la salvación de las almas”.

 

 “Pero muchos sacerdotes quieren predicar tormentosamente contra las peores clases de pecado desde fuera, fallando al no darse cuenta de que antes de que a una persona enferma se le de una medicina amarga, se le tiene que preparar poniéndola en el marco correcto de su mente para poderse realmente beneficiar de ello.”

“Es por ello que, antes de hacer nada, los sacerdotes deberían despertar en los corazones de las personas, un amor por la oración, y especialmente un amor a mi Salterio Angélico. Si solamente comenzaran a recitarlos y realmente perseveraran en ello, Dios en su misericordia difícilmente podría negarles Su gracia. Por lo tanto, quiero que prediques mi Rosario.”

 

Todas las cosas, incluso las más santas, están expuestas al cambio, especialmente cuando están expuestas a la libre voluntad del hombre. Es difícil no quedarse perplejo, al ver que la Confraternidad del Santo Rosario sólo conservó su fervor durante un siglo después de ser fundada por Santo Domingo. Tras este periodo, fue como si se hubiese enterrado y olvidado. Sin duda, también los planes malvados y envidiosos del demonio fueron responsables de que la gente abandonara el rezo del Rosario, y que se interrumpiera el flujo de la gracia divina que ha recorrido el mundo.

 

 

 

 

 

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