♦Oración

Sus oraciones favoritas

 

 

♦ESTACIONES DE LA CRUZ

Vía Crucis

 

 ¿Por qué deberíamos rezar las Estaciones del Vía Crucis?

♦-Madre Teresa

♦-Enseñanza del Catecismo

 

♦Oración de apertura

♦Estaciones del Vía Crucis que Madre Teresa oraba casi todos los día

♦Si no puede ver el enlace, haga clic aquí

♦Estaciones del Vía crucis en PowerPoint

 

 

¿Por qué deberíamos rezar las Estaciones del Vía Crucis?

 

La razón más importante para una renovación de la práctica del Vía Crucis es que es una manera poderosa de contemplar el misterio del regalo que Jesús nos dio de sí mismo y entrar en él.

 

Cuando rezamos las Estaciones del Vía Crucis estamos siguiendo los pasos de Cristo, en su viaje desde la condena a la muerte hasta su resurrección. Al saber que Nuestro Señor y Salvador murió tan violentamente por amor a nosotros, meditar en las Estaciones del Vía Crucis se convierte en una experiencia donde podemos unirnos con Cristo. Al comenzar las Estaciones, hacemos un buen acto de contrición, sabiendo que esos pecados son exactamente la razón por la cual Cristo murió obedientemente.

 

 Permitamos que el Señor hable a nuestro corazón y ejercite un reinado completo. Meditando sobre la pasión de Jesucristo atrae un alma más cerca de Dios. Se entrega al Espíritu Santo y se convierte en un instrumento de salvación de las almas. Esta meditación única permite contemplar el sufrimiento de Cristo y su victoria sobre el pecado y Satanás. Con este conocimiento y la abundancia de gracias, el Espíritu Santo llenará nuestra alma, obtendrá almas (nuestra y de otros) para el reino de los cielos.

 

 

 

 

 

 

Enseñanza del Catecismo: :-

La muerte violenta de Jesús no fue fruto del azar en una constelación desgraciada de circunstancias. Pertenece al misterio del designio de Dios, como lo explica San Pedro a los judíos de Jerusalén ya en su primer discurso de Pentecostés: "fue entregado según el determinado designio y conocimiento previo de Dios" (Hch 2, 23). Este lenguaje bíblico no significa que los que han "entregado a Jesús" (Hch 3, 13) fuesen solamente ejecutores pasivos de un drama escrito de antemano por Dios.

Por Dios todos los momentos del tiempo están presentes en su actualidad. Por tanto establece su designio eterno de

 “predestinación”, " incluyendo en él la respuesta libre de cada hombre a su gracia: "Sí, verdaderamente, se han reunido en esta ciudad contra tu santo siervo Jesús, que tú has ungido, Herodes y Poncio Pilato con las naciones gentiles y los pueblos de Israel (cf. Sal 2, 1-2), de tal suerte que ellos han cumplido todo lo que, en tu poder y tu sabiduría, habías predestinado" (Hch 4, 27-28). Dios ha permitido los actos nacidos de su ceguera (Cf. Mt 26, 54; Jn 18, 36; 19, 11) para realizar su designio de salvación (Cf. Hch 3, 17-18).

 

Este designio divino de salvación a través de la muerte del "Siervo, el Justo" (Is 53, 11; Cf. Hch 3,  había sido anunciado antes en la Escritura como un misterio de redención universal, es decir, de rescate que libera a los hombres de la esclavitud del pecado (Cf. Is 53, 11-12; Jn 8, 34-36). San Pablo profesa en una confesión de fe que dice haber "recibido" (1 Co 15, 3) que "Cristo ha muerto por nuestros pecados según las Escrituras" (ibidem: Cf. también Hch 3, 18; 7, 52; 13, 29; 26, 22-23). La muerte redentora de Jesús cumple, en particular, la profecía del Siervo doliente (Cf. Is 53, 7-8 y Hch 8, 32-35). Jesús mismo presentó el sentido de su vida y de su muerte a la luz del Siervo doliente (Cf. Mt 20, 28). Después de su Resurrección dio esta interpretación de las Escrituras a los discípulos de Emaús (Cf. Lc 24, 25-27), luego a los propios apóstoles (Cf. Lc 24, 44-45).

 

En consecuencia, S. Pedro pudo formular así la fe apostólica en el designio divino de salvación: "Habéis sido rescatados de la conducta necia heredada de vuestros padres, no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo, predestinado antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos a causa de vosotros" (1 P 1, 18-20). Los pecados de los hombres, consecuencia del pecado original, están sancionados con la muerte (Cf. Rm 5, 12; 1 Co 15,  Al enviar a su propio Hijo en la condición de esclavo (Cf. Flp 2, 7), la de una humanidad caída y destinada a la muerte a causa del pecado (Cf. Rm 8, 3), Dios "a quien no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él" (2 Co 5, 21).

 

Jesús no conoció la reprobación como si él mismo hubiese pecado (Cf. Jn 8, 46). Pero, en el amor redentor que le unía siempre al Padre (Cf. Jn 8, 29), nos asumió desde el alejamiento con relación a Dios por nuestro pecado hasta el punto de poder decir en nuestro nombre en la cruz: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" (Mc 15, 34; Sal 22,2). Al haberle hecho así solidario con nosotros, pecadores, "Dios no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros" (Rm 8, 32) para que fuéramos "reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo" (Rm 5, 10).

 

Al entregar a su Hijo por nuestros pecados, Dios manifiesta que su designio sobre nosotros es un designio de amor benevolente que precede a todo mérito por nuestra parte: "En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados" (1 Jn 4, 10; Cf. 4, 19). "La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros" (Rm 5, 8).

 

Jesús ha recordado al final de la parábola de la oveja perdida que este amor es sin excepción: "De la misma manera, no es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno de estos pequeños" (Mt 18, 14). Afirma "dar su vida en rescate por muchos" (Mt 20, este último término no es restrictivo: opone el conjunto de la humanidad a la única persona del Redentor que se entrega para salvarla (Cf. Rm 5, 18-19). La Iglesia, siguiendo a los Apóstoles (Cf. 2 Co 5, 15; 1 Jn 2, 2), enseña que Cristo ha muerto por todos los hombres sin excepción: "no hay, ni hubo ni habrá hombre alguno por quien no haya padecido Cristo"

(Del Catecismo de la Iglesia Católica, párrafos 599-605)

 

 

 

 

 

 

Oración inicial.

Estaciones del Vía crucis

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor Jesucristo, por nuestro bien te hiciste " como el grano de trigo que cae a la tierra; si muere, lleva mucho fruto "(Jn 12, 24). Nos invitaste a seguirte a lo largo de este camino cuando nos dijiste que "El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará"(Jn 12, 25). Sin embargo, estamos apegados a nuestra vida. No queremos abandonarla; la queremos mantener toda por nosotros mismos. Queremos aferrarnos a nuestra vida no regalarla. Pero Tú vas delante de nosotros, mostrándonos que sólo regalando nuestra vida, podemos salvarla. Mientras caminamos contigo en el Vía Crucis, nos conduces por el camino del grano de trigo, el camino de una fecundidad que conduce a la eternidad. La Cruz, nuestra autocomplacencia, pesa sobre nosotros. A lo largo de tu propio Vía Crucis también llevaste mi Cruz. Tampoco lo hiciste sólo en un momento distante en el pasado, porque tu amor continúa acompañando cada momento de mi vida. Hoy llevas esa Cruz conmigo y para mí, y, sorprendente mente, quieres que yo, como Simón de Cirene, te acompañe en llevar tu Cruz; quieres que camine a tu lado y me coloque contigo al servicio de la redención del mundo. Concédeme que mi Vía Crucis no sea sólo un momento de piedad. Ayúdanos a acompañarte no sólo con pensamientos nobles, sino con todo nuestro corazón y en cada paso que damos cada día de nuestras vidas. Ayúdanos resueltamente a emprender el Vía Crucis y perseverar en tu camino. Líbranos del temor a la Cruz, del miedo a la burla, del temor de que nuestra vida escape a nuestro alcance a menos que nos aferremos ávidamente a todo lo que la vida tiene para ofrecer. Ayúdanos a desenmascarar todas aquellas tentaciones que la vida promete, pero, de hecho, al final nos dejan vacíos y engañados. Ayúdanos a no quitar la vida, sino a darla. Al acompañarnos en el camino del grano de trigo, ayúdanos a descubrir, en "perder nuestras vidas", el camino del amor, el camino que nos da la vida verdadera y la vida en abundancia (Jn 10:10) Papa. Benedicto XVI

 

 

 

 

Madre Teresa decía:

 

"Estaría tan feliz si pudiéramos ser fieles de nuevo a la oración diaria de las Estaciones del Vía Crucis..

Aprenderemos la Humildad al observar las humillaciones que Jesús sufrió porque nos amó con ese amor profundo y personal. I . Puedo entender la Grandeza de Dios, pero no puedo entender la Humildad de Dios que se vuelve tan clara en Jesús,  enamorado de cada uno de nosotros separada y completamente, como si no hubiera nadie más que mi persona en el mundo.   – Él ME AMA TANTO : cada uno de nosotros puede decir esto con convicción”.

 

 

"diga a menudo:

«Jesús en mi corazón, haz mi corazón manso y humilde como el tuyo»

Diga esta oración especialmente en cada Estación del Vía Crucis”.

 

 

"Tómense la molestia de hacer una buena meditación sobre la Pasión de Cristo. Mantengan la realidad real. Hoy y todos los días. Él está sediento de mi amor. Me está anhelando en mi alma".

 

 

"Puedo vivir las estaciones del Vía Crucis si las conecto a mi vida las Estaciones del Vía Crucis no son más que un acto continuo de humildad”.

 

 

 

 

 Text © Mother Teresa Center of the Missionaries of Charity

 

 

Mother Teresa Center

524 West Calle Primera,

Suite #1005N

San Ysidro CA 92173

USA

-------------------------------------------------

mtc@motherteresa.org

www.motherteresacenter.org

 

♦Italiano   ♦English   ♦Español   ♦Français   ♦Português   ♦Deutsch

 

Mother Teresa Center

524 West Calle Primera,

Suite #1005N

San Ysidro CA 92173

USA

-------------------------------------------------

mtc@motherteresa.org

www.motherteresacenter.org

 

♦Italiano   ♦English   ♦Español   ♦Français   ♦Português   ♦Deutsch