Adviento

Adviento 2003 - en la Casa Pontificia Tercera predicacióne Padre R. Cantalmessa:

«¿CONOCÉIS A JESÚS VIVO?»

1. Jesús, sentido de la vida de Madre Teresa

2. Fruto del amor es el servicio

3. «Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve»

4. El amor por Cristo: no es posible pensar en uno mayor

 


1. Jesús, sentido de la vida de Madre Teresa

Text Box:

El confesor de Madre Teresa, el jesuita padre Celeste Van Exem, dijo de ella: «El sentido de toda su vida es una persona: Jesús». El postulador general de su causa de beatificación, después de haber estudiado durante años su vida, los escritos y los testimonios de otros sobre ella, concluye: «Si tengo que decir, en síntesis, por qué es elevada al honor de los altares, respondo: por su amor personal a Jesús, que ella vivió de forma tan fuerte como para considerarse Su esposa. La suya ha sido una vida Jesús-céntrica». .


El testimonio más significativo al respecto es la carta que Madre Teresa escribió a toda la familia de las Misioneras de la Caridad desde Varanasi, durante Semana Santa, el 25 de marzo de 1993 3. «Una carta tan personal –decía al comienzo— que he querido escribirla de mi propia mano». En ella dice:
«Me preocupa el pensamiento de que alguna de vosotras aún no haya encontrado a Jesús individualmente, tú y Jesús solos. Podemos pasar mucho tiempo en la capilla, ¿pero has visto con los ojos del alma el amor con el que Él te mira? ¿Conocéis verdaderamente a Jesús vivo: ¿no de los libros, sino de estar con Él en vuestro corazón? ¿Habéis oído las palabras de amor que Él os dirige?... Nunca abandonéis este íntimo contacto diario con Jesús como una persona viva y verdadera, no como una idea».


Aquí se ve cómo Jesús no era para Madre Teresa una abstracción, un conjunto de doctrinas, de dogmas, o el recuerdo de una persona que vivió en otros tiempos, sino un Jesús vivo, real, alguien a quien mirar en el propio corazón y por quien dejarse mirar.


La Madre explica que si hasta ahora no había hablado tan abiertamente había sido por un sentimiento de reserva y para imitar a María, que «guardaba todas las cosas en su corazón», pero que ahora sentía la necesidad, antes de dejarlas, de decirles cuál era para ella el sentido de toda su obra: «Para mí está claro: todo en las Misioneras de la Caridad existe para saciar la sed de Jesús».


A la pregunta: «¿Quién es Jesús para mí?», ella responde con una inspirada letanía de títulos:
«Jesús,
es la Palabra para ser pronunciada.
Es la Vida para ser vivida.
Es el Amor para ser amado.
Es el Gozo para ser compartido...
Es el Sacrificio para ser ofrecido.

Es la Paz para ser transmitida.
Es el Pan de vida para ser comido...»


El amor por Jesús asume espontáneamente la forma de amor esponsal. Ella misma relata:
«Por lo mucho que hablo de dar con una sonrisa, una vez un profesor en los Estados Unidos me preguntó: “¿Pero usted está casada?”. Le respondí: “Sí, y a veces me resulta muy difícil sonreír a mi esposo, Jesús, porque puede ser muy exigente en ocasiones”» 


La mayoría de los árboles de elevado tronco tiene una raíz madre que desciende perpendicularmente en el terreno y es como la continuación, bajo tierra, del tronco. En italiano se llama «raíz vertical». Es ésta la que da a ciertos árboles, como la encina, la inamovilidad por la cual ni siquiera los vientos más impetuosos consiguen arrancarlos. También el hombre tiene esta raíz vertical. En el hombre que vive según la carne es precisamente el propio «yo», el amor desordenado de sí mismo, el egoísmo; en el hombre espiritual es Cristo. Todo el camino hacia la santidad consiste en cambiar nombre y naturaleza a esta raíz hasta poder decir con el Apóstol: «No soy yo quien vive, sino Cristo quien vive en mí» (Ga 2, 20). Gracias también a la larga purificación de su noche oscura, Madre Teresa llevó a cumplimiento este proceso en el que todos estamos empeñados.



2. Fruto del amor es el servicio

Uno de los dichos más conocidos de Madre Teresa es: «El fruto del amor es el servicio, y el fruto del servicio es la paz». Las dos cosas –amor por Jesús y servicio de los más pobres entre los pobres— nacieron juntas, como en un único río de lava, en el alma de Madre Teresa en el momento de su segunda llamada, el 10 de septiembre de 1946. Decía a sus hijas:
«“Tengo sed” y “A mí me lo hicísteis”: acordaos de unir siempre las dos cosas, el medio con el Fin. Que nadie separe lo que Dios ha unido... Nuestro carisma es saciar la sed de amor y de almas de Jesús trabajando por la salvación y la santificación de los más pobres entre los pobres» 
«You-did-it-to-me: A-mí-me-lo-hicisteis»: Madre Teresa contaba estas palabras con los dedos de la mano y decía que era el «Evangelio de los cinco dedos». Para Madre Teresa, Jesús, que está presente en la Eucaristía, está presente, de forma distinta pero igualmente real, «en el desconcertante disfraz del pobre». La letanía en honor de Jesús recordada antes continúa diciendo sin pausa:
«Jesús es el Hambriento para ser alimentado.
Es el Sediento para ser saciado.
Es el Desnudo para ser vestido.
Es el Desamparado para ser acogido.
Es el Enfermo para ser curado.
Es la Persona en soledad para ser amada». 


Todos sabemos a qué niveles se lanzó su servicio a los más pobres entre los pobres. En un encuentro, una religiosa le hizo observar que ella viciaba a los pobres y ofendía su dignidad dándoles todo gratis, sin pedirles nada. Respondió: «Hay tantas congregaciones que vician a los ricos que no está mal si hay una que vicia a los pobres». El responsable de los servicios sociales de Calcuta había entendido mejor que nadie, según Madre Teresa, el espíritu de su servicio a los pobres. Un día le dijo: «Madre, usted y nosotros hacemos la misma labor social, pero hay una diferencia: nosotros lo hacemos por algo, usted lo hace por Alguien».
Hay quien ha visto en ello un límite, no un valor, del amor cristiano por el prójimo. ¿Amar al prójimo «por Alguien», esto es, por Jesús, no instrumentaliza al prójimo, no lo reduce a un medio con vistas a un fin distinto, que, en el extremo, puede ser el egoísta de ganar méritos para el paraíso?


Esto es cierto en cualquier otro caso, pero no cuando se trata de Jesús, porque es contrario a la dignidad de la persona humana estar subordinada a otra criatura, pero no estar subordinada al creador mismo, a Dios. En el cristianismo hay una razón aún más fuerte. Cristo se ha identificado con el pobre. El pobre y Cristo son la misma cosa: «A mí me lo hicisteis». Amar al pobre por amor a Cristo no significa amarlo «por una persona interpuesta», sino en persona. Este es el misterio que se imprimió en la vida de Madre y que ella recordó proféticamente a la Iglesia.


El amor a Jesús impulsó a Madre Teresa, como a otros santos antes que ella, a hacer cosas que ningún otro motivo en el mundo –político, económico, humanitario— habría sido capaz de inducir a hacer. Una vez alguien, observando lo que Madre Teresa estaba haciendo con un pobre, exclamó: «¡Yo nunca lo haría por todo el oro del mundo!». Madre Teresa contestó: «¡Ni yo!». Quería decir: por todo el oro del mundo no, pero por Jesús sí.


Madre Teresa supo dar a los pobres no sólo pan, vestidos y medicinas, sino aquello de lo que tenían aún más necesidad: amor, calor humano, dignidad. Ella recordaba conmovida el episodio de un hombre hallado medio comido por los gusanos en un vertedero que, trasladado a casa y curado, dijo: «Hermana, he vivido en la calle como un animal, pero ahora moriré como un ángel, amado y curado» , y murió poco después diciendo con una gran sonrisa: «Hermana, voy a casa de Dios». Madre Teresa con un niño abandonado en brazos, o inclinada sobre un moribundo, es, creo, el icono mismo de la ternura de Dios.

 


3. «Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve»

Y ahora la obligada pregunta: ¿qué nos dice a nosotros este aspecto de la vida de Madre Teresa? Ella nos ha recordado que la verdadera grandeza entre los hombres no se mide por el poder que uno ejerce, sino por el servicio que presta: «El que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor» (Mt 20, 26).
Ninguno está dispensado de comprometerse, en algún modo, al servicio de los pobres, pero el servicio puede adoptar formas diferentes, como múltiples y distintas son las necesidades del hombre. Pablo habla de un «servicio del Espíritu», diakonia Pneumatos (2 Co 3, 8), del cual están encargados los ministros de la nueva alianza. Pedro, en los Hechos de los Apóstoles, habla de un «servicio de la palabra» propio de los apóstoles, más importante para ellos que el servicio de las mesas (Hch 6, 4). De este servicio forma parte también el ejercicio de la autoridad y el magisterio eclesiástico. «Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve», decía Jesús a los apóstoles (Lc 22, 27), ¿y en qué consistía este servicio suyo, más que en instruirles, corregirles y prepararles para la futura misión?

Lo que Madre Teresa recuerda a todos es que todo servicio cristiano, para ser genuino, debe estar motivado por el amor a Cristo. «En cuanto a nosotros –decía el Apóstol a los Corintios— somos vuestros siervos por Jesús» (2 Co 4, 5). Es posible también para quien trabaja en la Curia poner en práctica aquello que Madre Teresa llamaba «el Evangelio de los cinco dedos»: «A mí me lo hicisteis». Hacer todo por Jesús, ver a Jesús en quien se está llamado a servir, incluso en la práctica burocrática.
Pero en esta circunstancia, el Predicador de la Casa Pontificia siente la necesidad de abandonar el tono parenético del «qué se debería hacer» para adoptar en cambio el tono gozoso del reconocimiento de lo que ya es. No puedo dejar pasar la ocasión que se me ofrece de unir mi pequeñísima voz a la de toda la Iglesia. Hace veinticinco años que bajo nuestros ojos un hombre se consume en el «servicio del Espíritu». En Juan Pablo II el título Servus servorum Dei, Siervo de los siervos de Dios, introducido por San Gregorio Magno, no ha sido un título entre los demás, sino la síntesis de una vida.

También este servicio, como el de Madre Teresa, ha tenido su fuente en el amor por Jesús. Cuántas veces el Santo Padre ha repetido la frase del Evangelio que presenta el servicio pastoral de Pedro como expresión de amor por Cristo: “Simón de Juan, ¿me amas? Apacienta mis ovejas” (Jn 21, 15 ss). Señal de que esta palabra ha sido el motivo inspirador de su pontificado y el que todavía le impulsa a gastarse por la Iglesia. Madre Teresa decía frecuentemente que «el amor, para ser verdadero, debe doler» y no se puede decir verdaderamente que el sufrimiento haya estado ausente, en todos estos años, de la vida del sucesor de Pedro...
Pero tampoco ha estado ausente una ternura que recuerda la de Madre Teresa. Muchos hemos asistido conmovidos, el otro día, en el palacio de Montecitorio, a la primera proyección del documental titulado «Juan Pablo II, testigo del invisible». Entre las imágenes más impactantes se encuentran aquellas en las que el Papa estrecha y besa a los niños, o a los enfermos. Me hacía pensar en las palabras de Dios en Oseas: «Era para ellos como los que alzan a un niño contra su mejilla» (Os 11, 4).

Santidad, hay en el Nuevo Testamento un pasaje que parece escrito para ser pronunciado por usted ante toda la Iglesia y que yo me permito leerlo, más para nosotros que para usted. La Carta a los Romanos habla de una «consolación que viene de las Escrituras» y que ayuda a «tener viva nuestra esperanza» (Rm 15, 4) y creo que transmitir un poco de esta consolación que viene de las Escrituras es lo único que justifica el oficio que desempeño desde hace veinticuatro años. El pasaje en cuestión es el discurso de despedida de Pablo a la Iglesia de Éfeso:
«Vosotros sabéis cómo me comporté siempre con vosotros...
Sirviendo al Señor con toda humildad y lágrimas y con las pruebas que me vinieron...
Sabéis cómo no me acobardé cuando en algo podía seros útil; os predicaba y enseñaba en público...
Pero yo no considero mi vida digna de estima, con tal que termine mi carrera y cumpla el ministerio que he recibido del Señor Jesús, de dar testimonio del Evangelio de la gracia de Dios...
No me acobardé de anunciaros todo el designio de Dios. Tened cuidado de vosotros y de toda la grey, en medio de la cual os ha puesto el Espíritu Santo como vigilantes para pastorear la Iglesia de Dios, que él se adquirió con la sangre de su propio hijo...
Ahora os encomiendo a Dios y a la Palabra de su gracia, que tiene poder para construir el edificio y daros la herencia con todos los santificados» (Hch 20, 18-32).

En un sólo punto erró Pablo aquel día, y esto nos tranquiliza; dijo que ya no verían más su rostro, haciendo que todos los presentes se echaran a llorar. Pero era un temor, no una profecía; de las Cartas pastorales sabemos que él volvió a ver a la Iglesia de Éfeso dos años después, al término de su primer apresamiento romano (Cf. 1 Tm 1, 3).

Si he hecho mal tomándome la libertad de hablar así, Santo Padre, reprócheselo a Madre Teresa, porque es ella quien me ha sugerido hacerlo con el amor que esta nueva Catalina de Siena llevaba al sucesor de Pedro.



4. El amor por Cristo: no es posible pensar en uno mayor
Ahora una conclusión navideña. Madre Teresa nos ha recordado hoy cuál fue el resorte secreto de su servicio a los pobres y de toda su vida: el amor por Jesús. Y éste es también el secreto para celebrar una verdadera Navidad. En el canto navideño Adeste fideles hay un verso que dice: ¿Sic nos amantem quis non redamaret? «¿Cómo no corresponder a uno que nos ha amado tanto?». Un corazón amante es el único pesebre donde Cristo ama llegar en Navidad.

¿Pero dónde hallar este amor? Madre Teresa sabía a quién pedirlo: ¡a María! Una de sus oraciones dice:
«María, mi amadísima Madre, dame tu corazón tan bello, tan puro, tan inmaculado, tan lleno de amor y de humildad, para que pueda recibir a Jesús como tu lo hiciste e ir rápidamente a darlo a los demás». 
Pero debemos, en este punto, ser más intrépidos aún que Madre Teresa. Me explico. Madre Teresa tiene una maravillosa espiritualidad de la que he intentado sacar a la luz algunos aspectos. Pero su espiritualidad, como también la del padre Pío, se caracteriza por el tiempo en el que ambos se formaron. Faltaba de la reflexión teológica (¡no de la vida!) una clara perspectiva trinitaria que ahora, tras el concilio, por ejemplo, en la Novo millennio ineunte, parece la fuente y la forma de toda santidad cristiana. La suya, como recordaba el Postulador de la causa, es una espiritualidad «Jesús-céntrica» más que trinitaria.

Madre Teresa tiene distintas y bellísimas oraciones a la Virgen, pero ninguna (al menos en los escritos de ella conocidos hasta la fecha) al Espíritu Santo. Éste es nombrado raramente y casi sólo en un inciso, con ocasión de fórmulas litúrgicas tradicionales. No hay duda de que su santidad, como la de todos los santos, es desde la cima hasta el fondo obra del Espíritu Santo. San Buenaventura dice de la sabiduría de los santos que «nadie la recibe más que quien la desea y nadie la desea salvo quien está inflamado en lo íntimo por el Espíritu Santo». Sólo que este papel del Espíritu Santo no salía a la luz lo suficiente en la formación espiritual y teológica.
Afortunadamente no es la amplitud de miras teológicas lo que hace a los santos, sino el heroísmo de la caridad. Ningún santo, por lo demás, posee por sí solo todos los carismas y agota todas las potencialidades contenidas en el modelo divino que es Cristo. La plenitud se encuentra en el conjunto de los santos, esto es, en la Iglesia, no en cada uno. Los miembros de un instituto religioso deberían ser tan sabios como para conservar intacto el patrimonio transmitido por el fundador, permaneciendo abiertos, a la vez, a acoger las luces y las gracias nuevas que el Espíritu no cesa de donar generosamente a la Iglesia.

Suscitan perplejidad aquellos movimientos o comunidades en las que todo –cada palabra de Dios, cada intuición e iniciativa espiritual— pasa rígidamente a través del responsable o del fundador y desde él se transmite a la base. Es como si las personas renunciaran, de esta forma, a tener una relación propia y original con Dios, dentro del carisma común, para convertirse en simples repetidores.

¿Qué descubrimos de nuevo respecto al amor por Jesús partiendo de una perspectiva trinitaria? Algo extraordinario: que existe un amor por Jesús perfecto, infinito, sólo digno de Él, «no es posible pensar en uno mayor», y descubrimos que existe para nosotros la posibilidad de formar parte de él, de hacerlo nuestro, de acoger con éste a Jesús en Navidad. Es el amor con el que el Padre celeste ama a su Hijo, en el momento mismo de generarlo.

En el bautismo hemos recibido tal amor, porque el amor con el que el Padre desde la eternidad ama al Hijo se llama el Espíritu Santo y nosotros hemos recibido el Espíritu Santo. ¿Qué creemos que es aquel «amor de Dios que ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo» (Cf. Rm 5, 5) más que, literalmente, el amor de Dios, esto es, el amor eterno, increado, con el que el Padre ama al Hijo y del que procede todo otro amor?

Decía la otra vez que los místicos no son una categoría aparte de cristianos, no existen para sorprender, sino para indicar a todos, de forma ampliada, cuál es el pleno desarrollo de la vida de gracia. Y los místicos nos han enseñado precisamente esto: que, por gracia, nosotros estamos introducidos en el torbellino de la vida trinitaria. Dios, dice San Juan de la Cruz, comunica al alma «el mismo amor que comunica al Hijo, aunque ello no sucede por naturaleza, sino por unión... El alma participa de Dios, cumpliendo, junto a Él, la obra de la Santísima Trinidad».

Es Jesús mismo quien nos asegura esto muy claramente: «...para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos», dice dirigiéndose al Padre (Jn 17, 26). En nosotros, por lo tanto, por gracia, existe el mismo amor con el que el Padre ama al Hijo. ¡Qué descubrimiento, qué horizontes para nuestra oración y nuestra contemplación! El cristianismo es gracia, y la gracia no es sino esto: participación en la naturaleza divina (2 P 1, 4), o sea, en el amor divino, siendo el amor la «naturaleza» propia, aquello de lo que está hecho, el Dios de la Biblia.

Algunos místicos, como Eckhart, han hablado de una Navidad especial, misteriosa, que ocurre en el «fondo del alma». Ésta se celebra cuando la criatura humana, con su fe y humildad, permite a Dios Padre generar de nuevo en ella al propio Hijo . Una máxima recurrente en los Padres –de Orígenes a San Agustín y a San Bernardo— dice: «¿De qué me sirve que Cristo haya nacido una vez en Belén si no nace de nuevo por fe en mi alma?» . La costumbre de celebrar tres Misas el día de Navidad se explica tradicionalmente así: la primera conmemora el nacimiento eterno desde el Padre, la segunda el nacimiento histórico desde María, la tercera el nacimiento místico en el alma.


El místico alemán Angelo Silesio expresó esta idea en dos versos: «Por mil veces que naciera Cristo en Belén / Si en ti no nace estás perdido por la eternidad». Este verso meditaba en la Navidad de 1955 el conocido convertido italiano Giovanni Papini; se preguntaba cómo podía suceder este nacimiento interior y la respuesta que se dio a sí mismo –y que nos puede servir también a nosotros— fue la siguiente:
«Este milagro nuevo no es imposible a condición de que sea deseado y esperado. El día en que no sientas un punto de amargura y de envidia ante el gozo del enemigo o del amigo, alégrate porque es signo de que el nacimiento está próximo... El día en que sientas la necesidad de llevar un poco de alegría a quien está triste y el impulso de aliviar el dolor o la miseria incluso de una sola criatura, estate contento porque la llegada de Dios es inminente. Y si un día eres golpeado y perseguido por la desventura y pierdes salud y fuerza, hijos y amigos y tienes que soportar la torpeza, la malignidad y el frío de los cercanos y lejanos, pero a pesar de todo no te abandonas a lamentos ni blasfemias y aceptas con ánimo sereno tu destino, exulta y triunfa porque el portento que parecía imposible ha sucedido y el Salvador ya ha nacido en tu corazón».

Todos estos son «signos» del nacimiento acontecido, pero la causa, lo que lo produce, es lo que se mencionó al principio: deseo y esperanza. Una fe llena de expectación, segura de sí, expectant faith, según una expresión apreciada por los cristianos de lengua inglesa. También María concibió a Cristo así: en su corazón, por fe, antes que físicamente en su carne: prius concepit mente quam corpore.

No es necesario tener «sentimientos» particulares (¿quién puede «sentir» algo así?); basta creer y, en el momento de recibir el cuerpo y la sangre de Cristo la noche de Navidad, decir con sencillez: «Jesús, te acojo como te acogió María, tu Madre; te amo con el amor con que te ama el Padre celeste, esto es, con el Espíritu Santo»

Con estos sentimientos les deseo, Santo Padre, Venerables Padres, hermanos y hermanas, ¡feliz Navidad!